Una nueva visita a un balneario. Ya es el quinto. Y en tiempos de pandemia casi post-pandemia daba mucho respeto atreverse. Pero las medidas sanitarias que aplican son excelentes, hasta el punto de tener la piscina reservada para mí solo, aunque sólo fuera media hora. Y otro tanto para la cueva de los chorros a presión. Valió la pena probar y combinarlo con masajes terapéuticos.
Asimismo, la comida variada y abundante fue un buen complemento, junto con la cómoda cama, para pasar 3 días en un balneario del que solamente conocía el restaurante y las aguas embotelladas. Este ha sido mi único viaje de este año, ya que en verano no se podía dejar caer una aguja en el Pirineo sin que se le clavara a alguien al caer. Y el resto de zonas turísticas estaban igual o peor, como las playas y las grandes ciudades. Por eso dejar pasar el calor y el verano con cosas mundanas para aprovechar estos primeros días de fresco parecía la mejor opción.
Lo bueno de estar en pleno Pirineo es que a un paso tienes las cumbres más altas o pueblecitos pintorescos, y no has de perder tiempo en el camino. Así, me acerqué en un momento a Bonansa, pequeño y coqueto, donde justo entraban a bautizar un bebé una colla de chent (más o menos hablan así por allí) bien vestida para la ocasión y bien tapadas las narices y bocas, por si acaso...
Y todo eso incluye el trayecto por el Alto de Bonansa.











